Capítulo XIV
PREGUNTAS Y RESPUESTAS
Durante el proceso de escritura de este cuaderno, alguien me preguntó qué estaba buscando, cuál era mi objetivo al escribir sobre este tema. Pensé unos segundos y contesté: comprender. Los seres humanos tenemos no sólo la capacidad, sino la necesidad de comprender las cosas que pasan y nos pasan. Comprender es también una forma de dominar la realidad, de entender su estructura y de no sentirnos tan vulnerables en este mundo inmenso; por eso, en las diferentes ramas del conocimiento buscamos siempre la verdad. Una verdad que, como el bien, la belleza o el amor, no encontramos nunca plenamente en esta vida y sin embargo sentimos la urgencia de buscar. Aunque la fe es un abandono pleno y confiado en las manos de Dios, el propio magisterio de la Iglesia nos enseña que “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (S.S. Juan Pablo II, Fides et ratio, 1998). Creemos y confiamos, sí, pero Dios también quiere que comprendamos.
En el caso de Andrés Coindre, necesitamos entender, comprender. No alcanzan los datos, es importante interpretarlos y darles un sentido coherente con el conjunto de su vida. No sé cuánto de verdad habrá en las líneas precedentes, pero son un intento de aproximación, un peldaño más de la escalera sobre el que otro podrá hacer pie y llegar más lejos.
Ahora, a modo de conclusión, quiero presentar mi respuesta personal a tres preguntas clave a la luz de todo lo escrito.
La primera y más acuciante de todas es ¿Andrés Coindre se suicidó? Creo que la respuesta es simple y compleja al mismo tiempo, porque es sí y no a la vez.
Si consideramos que la causa de su muerte fue una caída desde una altura considerable y que no fue producto de un empujón, de una confusión o de un accidente, podemos decir que SÍ: materialmente Andrés Coindre tomó acciones que produjeron su muerte y creo que era consciente de ello.
Pero si pensamos en la intencionalidad de esas acciones, en el motivo para tomarlas, creo que la respuesta es NO. Andrés Coindre no puso fin a su vida por rechazarla, por estar desesperado o para dejar de sufrir. No podemos saber exactamente qué pasó por su mente en los últimos segundos, pero hemos visto que probablemente estaba intentando realizar un sacrificio agradable a Dios y con carácter salvífico para la humanidad. Entonces no hubo una negación de la vida, sino un deseo de que la vida de los otros fuera plena aún a costa de la propia. Desde el punto de vista de su intencionalidad fue más un sacrificio, una oblación, que un suicidio.
Los cristianos sabemos que, después del sacrificio de Cristo en la cruz, ya no es necesario ningún otro holocausto, de hecho, es lo que hacemos una y otra vez en cada eucaristía: participar del único y definitivo sacrificio del Hijo de Dios. Andrés Coindre era un sacerdote bien formado y sabía estas cosas, pero su mente se oscureció: las ideas delirantes lo atormentaban y lo llevaron a tomar la más equivocada de las acciones por el más noble de los motivos.
La segunda pregunta es ¿puede Andrés Coindre llegar a ser venerable, beato y santo en la Iglesia católica?
Creo firmemente que vivió como un santo e hizo del amor a Dios y al prójimo el centro de su vida, así lo transmitieron sus propios contemporáneos. Además, a pesar de la conmoción que causó su muerte, entre los suyos nadie dudaba de que ya se encontraba en el Cielo. Nadie confundió su estado mental con su estado moral.
A este respecto el Hermano Jean Roure realizó en 1987 una consulta a Monseñor Joseph Géraud, sulpiciano y doctor en psiquiatría, experto ante el Dicasterio de las Causas de los Santos. A partir de esta conversación escribió:
Él estimaba que nos hallábamos frente a un fenómeno aislado, ya que no se habían manifestado con anterioridad notables perturbaciones psicológicas. Afirmaba que el brusco cambio de escenario y de modo de vida, el estudio intenso y muy variado de nuevas ciencias, podrían haber sido las causales de la pérdida del sentido de tiempo y de espacio; sin que se pueda descartar del todo la hipótesis de una psicosis que se remontara hasta la infancia. Monseñor Géraud decía que él no veía, dadas las circunstancias de esta muerte, ningún tipo de contraindicación para la apertura de un proceso de beatificación, que se basa esencialmente en el análisis del grado de la práctica de las virtudes.
Es decir, para el proceso de beatificación de nuestro fundador lo importante no es cómo murió sino cómo vivió, si se puede probar que vivió la fe, la esperanza y la caridad en grado heroico… y luego, por supuesto, pedir a Dios que obre por su intercesión.
Y como hemos visto en el capítulo precedente, la psiquiatría actual se decanta en el mismo sentido: quien se quita la vida está en un estado de enajenación tal que no puede ser responsable moralmente de sus actos. Recordemos aquí estos dos fragmentos, el primero del Dr. Libenson, neurocirujano y el segundo del Dr. Giannoni, neurólogo y psiquiatra.
La psiquiatría actualmente considera que todo acto suicida se da en el marco de un estado de “alienación transitoria”, es decir una suspensión temporal del “yo”, o sea de la percepción de la realidad y del control volitivo/consciente de las propias acciones. (…) Creo que únicamente podemos afirmar que la trágica muerte del Padre Coindre se produjo en el contexto de una grave alteración mental sin consciencia plena ni percepción de realidad y sin control de la propia voluntad.
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Cuando una persona se encuentra en un estado como el de Andrés Coindre en sus momentos finales el discernimiento está suspendido, así como el criterio de realidad; la persona actúa por impulsos, pero el libre albedrío no está presente. Incluso actualmente se considera que ningún suicidio concretado es voluntario, sino que se explican médicamente por un cuadro sicótico breve, brusco e inmanejable para el sujeto. Podemos concluir entonces que, independientemente de cuál haya sido la causa que lo llevó a esa situación, orgánica o psicopatológica, el acto de arrojarse “fue actuado” por la enfermedad, por una impulsión psicótica irrefrenable y no por una decisión libre de su voluntad.
Tercera y última: ¿Por qué querríamos que Andrés Coindre fuera declarado santo?
Creo que lo queremos porque lo amamos y deseamos cosas buenas para quienes amamos, vivos en este mundo o vivos para siempre junto al Padre. Porque el mero hecho de iniciar su causa, independientemente del tiempo que lleve o si llega a algún resultado, es en sí mismo un signo de amor a su persona y de confianza en su santidad. Porque es un reconocimiento que como hijos le debemos y del que hemos estado omisos por doscientos años. Porque es el camino para terminar de asumir plenamente su muerte y abrazar el valor de su vida. Porque nuestra existencia como Instituto y familia carismática es una prolongación de la gracia especial que él recibió en nuestra fundación y afirmar su santidad es reafirmar nuestro llamado a ser santos y la validez de este camino para lograrlo. Porque es reavivar el fuego del Espíritu en nosotros y dejar que nos queme, como hubiera querido Andrés. Porque es una oportunidad para compartir la riqueza de nuestro fundador con toda la Iglesia y su testimonio e intercesión puede ayudar a otros a acercarse a Dios.
Y para terminar, un último dato y una propuesta:
Andrés Coindre fue inhumado el miércoles 31 de mayo de 1826 en el cementerio de Blois, pero dieciséis años más tarde, en 1842, se desafectó ese camposanto. El Hno. Guy Brunelle afirma en Le point sur la sépulture d’André Coindre (Aclaraciones sobre la sepultura de Andrés Coindre, Montréal, 2013), que se trasladaron al nuevo cementerio solamente las tumbas “reclamadas”, que fueron muy pocas. Como no existe constancia de que entre ellas estuviera la de nuestro fundador, muy probablemente sus restos permanecieron en el lugar original. En dicho emplazamiento hoy se levantan dos grandes escuelas superiores, una de ingeniería y otra de la naturaleza del paisaje; como educadores podemos encontrar allí un fuerte simbolismo.
En todo caso, no tenemos una tumba donde honrarle. Y al no haber tumba, tampoco hay lápida… ni epitafio. ¿Qué epitafio elegirías tú? Anótalo y haz como María, que “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19).